La integración euroasiática: más que teoría una realidad

Entre los acontecimientos que no hacen grandes titulares -debido a que la lejanía no supera el criterio de proximidad para elegir la información relevante- hay algunos que no se reportan hasta que no es posible seguir ignorándolos más. Eso es lo que ocurre con la desconocida Organización para la Cooperación de Shanghái (SCO), que acaba de festejar su décimo sexto aniversario.

Los antecedentes de la SCO se remontan a las reuniones de seguridad anuales entre la República Popular de China, Rusia, y tres de los llamados stanes de Asia Central: Kazakhstán, Kirguistán y Tayikistán. Con la integración de un cuarto “stan” en 2001, Uzbekistán, el grupo pasó a conocerse como los 6 de Shanghái o Grupo de Shanghái, a secas.

Ideada como un espacio de diálogo político, la SCO salvaguarda la soberanía, estabilidad social e integridad territorial de sus miembros ante la amenaza de grupos separatistas y el terrorismo. La nueva región independiente de Asia central, es sumamente propensa a la expansión del islamismo radical, es decir el Wahabismo que lleva años haciendo de las suyas en Siria e Iraq por citar apenas dos ejemplos.

Los países de la SCO conocen bien al Wahabismo y lo han confrontado militarmente en su propia casa. Saben que esa ideología radical cuenta con muchos petrodólares de patrocinio y aprovecha cualquier oportunidad para infiltrarse. Los rusos ya lo pelearon en sus dos guerras por Chechenia. Por su parte, China mira con recelo a los uigures, que ocupan la extensa provincia de Xinjiang como obstáculo potencial para sus objetivos macroeconómicos.

Sin embargo, en el país más poblado del Asia Central, Uzbekistán - 32 millones de habitantes aproximadamente- existe el peligro más real: el Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU) que cambia de lealtades dependiendo de quién le retribuya mejor. Actualmente, el IMU se declara leal al Estado Islámico (EI).

Por estos motivos, parece lógica la aparición de una asociación regional como la SCO que comparta información entre gobiernos. Es interesante que Grupo de Shanghái se opone por principio terminante a la intervención en los asuntos internos de los estados miembros con el pretexto de proteger los derechos humanos, las muy socorridas “intervenciones por motivos humanitarios” que han arrojado resultados desastrosos como la destrucción de naciones enteras como Yugoslavia y Libia.

La SCO adquiere una mayor relevancia de la mano del fortalecimiento económico de China y el resurgimiento militar de Rusia, en la fila se encuentran una nutrida cantidad de países interesados en convertirse ya sea en observador, asociado de diálogo (dialogue partner) o aspirante a miembro pleno. Pareciera que se empiezan a esbozar los esquemas constitutivos de una alianza más allá de lo netamente político y declarativo.

Durante junio, tierra adentro en la estepa centroasiática, en Astana, capital de Kazakhstán, un movimiento geopolítico tectónico ocurrió, pero de forma deliberada (casi) nadie de este lado del planeta se dio cuenta: la India y Pakistán fueron aceptados como miembros de derecho pleno dentro de la organización.

La SCO se convirtió en un club que ahora cuenta con cuatro potencias nucleares, la mitad de la población del mundo y un cuarto del Producto Neto Bruto (GDP) del planeta. Demasiado gigante para ser ignorada a no

ser porque existen intereses de que así sea.

Las repercusiones de este inédito alineamiento se dejaron sentir en todos lados, principalmente en la OTAN, que enfrentará una desconocida rivalidad en Afganistán. Después de miles de millones gastados, la alianza atlántica no ha sido capaz de impedir que el talibán controle la mayor parte del país y que la rama local de Al Qaeda/ Daesh derrote una vez tras otra a las tropas gubernamentales.

La SCO está al pendiente del deterioro de la situación en ese país y aunque por el momento su involucramiento no va más allá de llamados a sus estados miembros a apoyar el proceso de reconciliación nacional, no puede descartarse que en un futuro ejerza una influencia más directa, sobre todo a partir del año que entra que China asuma la presidencia de la organización.

En la prensa atlantista abundan las historias en donde se señala que los rusos están en contacto y proveen de armas al talibán, como descalificación adelantada para desacreditar los posibles intentos de la SCO de llevarlos a una posible mesa de negociaciones.

El fortalecimiento de la SCO ocurre paralelamente a la evolución de los proyectos de integración euroasiática chino-rusos. Se habla de una posible zona de libre comercio de sus estados miembros.

Ello sin opacar al proyecto estelar de China, la llamada “Nueva Ruta de la Seda” (BRI) y a la ya en marcha “Unión Económica Euroasiática” (EEU) de Rusia. Para no ahogarse en una multitud de proyectos, existe una intención seria de fusionar ambas.

La integración euroasiática no es una teoría ni un concepto abstracto, está ocurriendo a toda velocidad en todos los frentes. Y para que no se quede en intenciones se apoya en bancos regionales como el nuevo banco de Desarrollo (NDB) de los BRICS (Brasil-Rusia-China-India-Sudáfrica) o el Banco Asiático de Infraestructura e Inversión (AIIB), ambos alternativas al Fondo Monetario Internacional.

Tal es el momentum creado que hasta Tokio llegaron las reverberaciones, y ahí el primer ministro Shinzo Abe realizó la increí­ble declaración que su país estaría dispuesto a unirse al tren integracionista y abordar de una vez por todas y de manera pragmática sus relaciones con China, con “su potencial de conectar el Este y el Oeste, así como todas las regiones que se encuentran en medio”.

Estamos a la expectativa de lo que los aliados militares de Japón pudieran decir al respecto.

Irán es la ficha que completa el rompe­cabezas, ya con los persas viene emparejado el eje Beirut-Damasco-Bagdad-Teherán que otorgaría a China un camino terrestre con salida al Mediterráneo. Ante estas realidades, salen a la luz los motivos que subyacen en la necesidad de crear conflictos nuevos a lo largo del Oriente Medio, y de perpetuar los ya existentes: se encuentran en el corazón de los proyectos de integración.

A la par de su renovado papel gracias a su apoyo a Siria, Moscú ha obtenido un beneficio directo de la ampliación de la SCO: un renovado papel de interlocución en el mundo musulmán y aliados, al menos nominales.

Rusia tiene estatus de observador en la Organización de la Cooperación Islámica (OIC) debido a que no es un país mayoritariamente musulmán. Si sumamos los números aproximados de musulmanes en los países de la SCO:

China 40 millones, Kazakhstán 9 millones, Kyrgyzstán 5 millones, Rusia 10 millones, Tajikistán 6 millones, Uzbekistán 32 millones, India 180 millones, Pakistán 195 millones, arroja un grandioso total de 477 millones de

musulmanes aproximadamente. Cuando Irán se una dentro de poco a la SCO eso elevará el total a casi 550 millones.

Es decir, que mientras Europa no sabe qué hacer y en dónde colocar a su nueva población musulmana, de manera callada Rusia ha formado una alianza con más de medio billón de musulmanes. A los cuales se les puede presumir el modelo de desarrollo de Chechenia, que bien liberada ya de las influencias del Wahabismo, ofrece un paradigma de cómo el islam protegido desde las estructuras estatales es completamente viable.

A manera que la toma de decisiones en la ribera del Atlántico parece cada vez más contradictoria, la Organización para la Cooperación de Shanghái parece estar destinada a ser el foro que guie y proteja el proyecto más ambicioso en años recientes: la integración euroasiática.