El caso de Mara: La banalidad del mal

Los datos son inapelables: en 2015 fueron asesinadas, por lo menos, cinco mil 500 mujeres en México. En el Estado de México, por ejemplo, desaparece, en promedio, una mujer al día. Apenas 25 países acumulan la mitad de todos los crímenes de mujeres en el planeta y los índices de violencia contra ellas se han incrementado en esas naciones en la última década. América Latina es la región de mayor violencia en contra de las mujeres.

De esos 25 países con la mayor tasa de feminicidios, diez se encuentran en esta región. México es uno de ello y, junto con Honduras, así como El Salvador, los tres están entre los cinco países del mundo con el mayor crecimiento en las tasas de homicidios de niñas y mujeres.

Los datos podrían seguir multiplicándose hasta el infinito, pero lo cierto es que de poco sirven cuando se confrontan con una realidad tan terrible como el asesinato de Mara Fernanda, la joven que fue secuestrada, violada y asesinada por el chofer de un automóvil de alquiler el pasado 8 de septiembre.

El caso de Mara es escalofriante por lo que Hannah Arendt describió como la banalidad del mal. El chofer del automóvil era un personaje cualquiera, el auto era propiedad de su madre y él lo manejaba para ayudar en la economía familiar.

Esa noche se encontró con que la joven a la que estaba llevando a su casa se había quedado dormida en el asiento trasero. Tardó, según lo que se vio en las cámaras de vigilancia, apenas 20 minutos para decidir llevarse a Mara, todavía dormida, a un hotel de paso, abusar de ella, asesinarla, envolverla en una sábana y arrojar su cuerpo a la vera de una carretera. Regresó a la casa de su mamá y ahí conservó, incluso, el celular y objetos, prendas, de su víctima.

El asesino era una persona “normal”. Como dijo Adolf Eichmann, el líder nazi a cuyo proceso asistió en 1961; el personaje no era Satanás, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”, un producto de su tiempo. Son los más peligrosos, los más representativos de una etapa, de una época, de una realidad.

Ese chofer decidió secuestrar, violar y matar a Mara porque pensó que podía hacerlo. Porque miles de mujeres mueren cada día y no pasa nada, porque además nació y vivió en una región (parte de Tlaxcala y Puebla) donde la trata de mujeres es una realidad cotidiana, que suele, además, quedar impune.

¿Quién no ha oído hablar de los padrotes de Tenancingo, por ejemplo? Cuatro de cada cinco mujeres han sufrido algún tipo de violencia, en la mayoría de los casos dentro de su propia familia. Ahí es donde se engendra la discriminación y el machismo, donde el mal se torna banal por cotidiano, por ser parte de esa normalidad. Las autoridades lo solapan porque dejan que crezca en un entorno de impunidad.

Si unas seis mil mujeres al año son asesinadas en nuestro país; si la trata de mujeres (y no estamos hablando siquiera del fenómeno en sí de la prostitución, sino del secuestro de una mujer para forzarla a ejercerla) no termina de tener un combate serio y contundente (que no pasa por realizar un operativo en un centro nocturno, sino por desmantelar las redes que comercian con mujeres en distintas zonas del país y desde aquí hacia el mundo); si en los propios ajustes de cuentas entre los grupos criminales las víctimas favoritas son cada vez más las mujeres y en ese terreno ya no existe regla alguna, ¿cómo nos vamos a asombrar de que un chofer cualquiera “decida” que una mujer a la que transporta puede ser su objeto y como tal puede ser utilizado y desechado?

La violencia de género, racial, religiosa, política, siempre se viste de normalidad, siempre termina siendo entendida como un fenómeno que es inherente a una época, a una sociedad, a un momento. Eso es lo terrible. La discriminación y el abuso no son normales, como no lo es la violencia de género o racial, política o religiosa.

No es normal que en un programa de televisión, a las tres o cuatro de la tarde, una novela muestre cómo violan, matan o abusan de una mujer. No es normal que una canción de moda, o muchas, traten a las mujeres de perras. No es normal que algunas religiones consideren a las mujeres inferiores y pecaminosas.

El asesino de Mara debe recibir la peor de las condenas, pero eso no alcanza. Si se quiere, por lo menos, reducir la violencia de género se debe comenzar a operar contra esa “normalidad” que la hace cotidiana. Debe haber castigos ejemplares, pero también familias donde nada pueda ser más condenable que esa forma de violencia y discriminación cotidiana. No hay la fórmula para erradicar el machismo y la violencia de género. Pero podríamos comenzar a trabajar para acabar con esa violencia y discriminación.

 

 A SANGRE FRÍA, UNA MADRUGADA EN PUEBLA

Para la joven de 19 años Mara Fernanda Castilla Miranda, la que debió haber sido una noche más de diversión, devino en la última salida de su vida.

El 7 de septiembre, la estudiante de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) acudió con unos amigos al bar The Bronx.

Al parecer, todo transcurrió en calma dentro del lugar, ubicado en el municipio de San Andrés Cholula. De regreso a sus domicilios, la madrugada del viernes, Mara y sus amigos quedaron varados en un módulo del alcoholímetro, por lo que ella solicitó un taxi de Cabify para llegar a su casa.

La joven abordó un auto Sonic, de color negro, con­ducido por Ricardo Alexis, sin embargo, nunca llegó a su destino final: su hogar. En un video captado por cámaras de seguridad del fraccionamiento Torres de Mayorazgo, se aprecia cómo el vehículo llega a la calle Mayorazgo, en donde está el domicilio de Mara, y permanece ahí cerca de media hora.

Mientras estaba detenido, en el interior del auto hubo dos destellos de luz y se observa cómo el conductor trató de tomar algo del asiento trasero, donde, al parecer, iba Mara. Enseguida, el conductor puso la reversa y se alejó del lugar con las luces apagadas, pero Mara nunca descendió.

Familiares y amigos de la joven emprendieron una in­tensa campaña para encontrarla, la cual tuvo eco en redes sociales, en medios de comunicación locales y nacionales y en las autoridades, que activaron una Alerta Amber.

El 12 de septiembre, el conductor que conducía el taxi de Cabify fue detenido, en Tlaxcala, como presunto responsable de la desaparición de Mara Fernanda.

La videograbación es la principal prueba en contra de Ricardo Alexis, quien permanece encarcelado como medida cautelar en tanto se desarrolla la investigación.

El 14 de septiembre, Cabify dio a conocer que aportó información detallada a la Fiscalía de Puebla sobre el viaje de Mara.

“Nuestra tecnología nos permite aportar datos e información de valor para lograr avances en el proceso de investigación”, precisó la empresa. “Mantenemos también nuestro compromiso con el proceso y las autoridades”.

Posteriormente, el country manager de Cabify en México, Alejandro Sisniega, presumió que el protocolo de seguridad de la compañía es “el más estricto” en el mercado, ya que los conductores deben superar diferentes pruebas y comprobar que no tienen antecedentes penales.

A las 14:36 horas del 15 de septiembre, siete días después de la desaparición de Mara, el gobernador de Puebla, Tony Gali, lanzó un tuit en el que envió su pésame a la familia de la joven.

El mandatario no dio detalles de la muerte de Mara, de 19 años, para quien una noche más de diversión, terminó trágicamente.