Autonomías que amenazan... a pensar en Cataluña

¿Por qué la globalización no ha impedido reivindicaciones de tipo identitario y nacionalista? La respuesta debe buscarse en la vigencia de procesos sociales compartidos en muchas poblaciones a partir de la lengua, las costumbres, la religión y las aspiraciones históricas. Si la dinámica internacional va esencialmente en la ruta comercial, así como en el imparable desarrollo tecnológico para comunicarnos, concentrando recursos de manera estrepitosa, resulta necesario asumir el derecho de quienes reivindican historias y anhelos comunes en lugares o regiones concretas. Por eso mismo hay que preguntarse si los estados-nación modernos, cuyas normas y regulaciones sostienen el libre mercado, pueden desatenderse de otros procesos de interés comunitario, más próximos a la gente. Los movimientos afirmativos de quienes se identifican a partir de aquello que les es local y, en consecuencia común, con frecuencia, devienen en procesos de autonomía política. En México lo vivimos en 1994 con el movimiento zapatista chiapaneco y más reciente con procesos muy concretos como el que se gestó en el municipio de Cherán, en Michoacán, si bien existen otros ejemplos concretos en Guerrero. Varias décadas atrás se han impulsado procesos fallidos de autonomía regional como la del Soconusco, la Huasteca y la Comarca Lagunera. ¿Qué significa todo esto? Que la semilla de ruptura existe. Que el proceso de integración nacional luego de la Revolución Mexicana no logró tamizar la diversidad de anhelos o posicionamientos concretos del vasto caleidoscopio que nos proyecta como una suma incompleta de pueblos, regiones y culturas. Los fallidos intentos separatistas mexicanos, así como los sentimientos que les sobreviven, silenciosamente abrevan de dinámicas similares en otros países pero hay que tener cuidado para distinguirlos. La demanda separatista de una parte de Cataluña frente al reino español tiene en sí misma otra lógica, también histórica, pues con frecuencia se olvida el elemento multicultural español, así como la división de esa singular república en fuertes autonomías distinguidas por sentimientos históricos y herencias de oprobios no resueltos. Hasta el momento la lucha catalana parece orientarse sólo hacia un principio de identidad, que sin duda es demanda política. Pero sólo eso. No se observan elementos relacionados con el bienestar ni el desarrollo económico. Algún analista ha hecho ver que la crisis económica de 2008, que afectó gravemente esa región, no devino en un movimiento como el que ahora se observa, impulsado por la identidad catalana que es lengua, así como sentimiento, mucho sentimiento. Sin duda la “autodeterminación política” es un principio básico de cualquier movimiento secesionista, pero no lo define. No frente a la globalización, porque ninguna nación puede emerger prendida únicamente de su libertad para elegir cómo gobernarse y cómo organizar la vida pública; se necesita también autodeterminación económica y financiera, ingredientes regularmente ausentes en todo proceso de emancipación ideológica. Debe quedarnos claro que la identidad por sí misma no construye sustentabilidad, ni mucho menos calidad de vida. ¿Cuántos pueblos se han hecho “independientes” pero simultáneamente dependen de procesos productivos que no pueden impulsar de manera autónoma? El movimiento separatista en Cataluña es complejo, tiene ingredientes históricos, pero también un innegable oportunismo político, que puede juzgarse de diversas formas, además que no todos los catalanes coinciden en la premisa de separarse de España. No se niega aquí que las expresiones de pequeñas autonomías han acompañado la construcción de grandes sociedades. Sin embargo, la cuestión no es tanto si se pueden fragmentar estados para satisfacer discursos emancipadores, sino impulsar ámbitos de diálogo y convivencia, más que por diferencias regionales por elementos comunes. Ningún Estado moderno necesita aislarse para congraciarse con sus determinantes culturales e históricos. Por el contario, el reto radica en sostener esos rasgos y enriquecerlos con los que provengan de otras latitudes.   La agenda mundial necesita resolver hambre, atención de enfermedades, daños a la ecología, violación de derechos humanos, marginación de la mujer y fin de las guerras. Quizá sea utópico, pero la amenaza de las identidades puede conjugarse sólo si desaparecen. Y ese eventual escenario únicamente ha de cultivarse en la globalidad. Si se piensa, si se entiende, es posible que germine.